Javier Gómez Graterol: Ashley Madison y la confesión

 

El escándalo de Ashley Madison tiene muchas lecturas para dársele: una de ellas es que es un síntoma revelador de cuán vulnerada está la familia en las sociedades desarrolladas, centradas en convertir a sus ciudadanos en consumidores.

Dice también el dicho: Mal paga el diablo a quien bien le sirve. El famoso portal no solo exhortaba al pecado, sino que impunemente extorsionaba a sus “víctimas”: detrás de la supuesta confidencialidad que aseguraba, cobraba a sus víctimas por el supuesto borrado total de sus datos.

Otra lectura es que seguimos negados a ver que el “Gran Hermano”, profetizado por Orson Welles en “1984”, llegó para quedarse. Se mete cada día entre nosotros y sabe más y más de nosotros con tanta precisión que a veces resulta escalofriante.

Una de las lecturas más indirectas que doy es la de la gente que dice “¿Por qué he de confesarle mis pecados a un hombre que puede ser tanto o más pecador que yo?”, en referencia a confesarse con un sacerdote. La respuesta es sencilla: Porque ese hombre es “Persona de Cristo” cuando te oye y absuelve, porque Dios, una vez que le confiesas tus pecados, con sincero arrepentimiento y propósito de enmienda, los olvida (Sal 129,4). Esta gente ha tenido más confianza en una máquina que te registra y te invita a pecar que en alguien que puede hacer algo para librarte del pecado.

Ashley Madison demostró que nuestra vida virtual es difícil de olvidar y borrar. Muchas personas han quedado expuestas, muchas familias quedarán separadas y destruidas. Pensemos en todo esto a la hora de hablar a la ligera sobre el sacramento de la confesión, su confidencialidad, y sus efectos.

Autor:

Javier Gómez Graterol, sacerdote/periodista http://cutt.ly/javiergomez Ig y X = @jegogra

Escrito el 24/8/2015. Publicado inicialmente en El Sol de Bolivia https://issuu.com/el-sol


Comentarios

Entradas populares de este blog

Javier Gómez Graterol: Hugh y las “feminazis”

Javier Gómez Graterol: La insólita estrategia de Playboy

Javier Gómez Graterol: Si ser cristiano es peligroso, una vida sin sentido lo es más