Javier Gómez Graterol: El subestimado poder de la bendición
Suelo saludar en persona, o cerrar mis correspondencias con un “Dios te (le, les) bendiga, una amiga me dijo una vez: “Saludos y gracias por las bendiciones (que muchos las reciben como parte del saludo, pero a otros les caen como pequeñas gotas de agua en el desierto para dar un pequeño aliento; le confieso, yo estoy en el segundo grupo)”.
Enseguida pensé: muchas veces subestimamos la bendición. Los medios de comunicación nos acostumbran a maldecir con una facilidad impresionante. Luego de haber leído libros sobre demonología y exorcismo eliminé la palabra maldición y trato en lo posible de bendecir aunque a muchos les suene como muletilla o formalidad.
Bendecir es: decir buenas palabras, hablar bien de alguien, exaltarlo, alabarlo; agradecer un bien recibido, manifestar la propia gratitud y reconocimiento por personas, cosas o acontecimientos. Cristianamente: augurar cosas buenas y favorables, saludar, invocar el favor del hombre, y particularmente el de Dios. Más importante es: invocar o atraer la acción de Dios, que manifiesta el propio favor, que concede una protección especial.
Bendecir tiene altísimo en los labios de una madre: La mamá de Simón Bolívar comenzaba sus días invocando a la Santísima Trinidad y su hijo fue el Libertador. Una madre que maldice no tiene conciencia del gran daño que hace, José Antonio Fortea y Gabriel Amorth, exorcistas, advierten de esto.
Dice la escritura: Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan (Rm 12,14). Acostúmbrese pues, en especial si es madre, a bendecir y a eliminar la palabra maldición de su vocabulario.
Autor:
Javier Gómez Graterol, sacerdote/periodista http://cutt.ly/javiergomez Ig y X = @jegogra
Escrito el 12/12/2014. Publicado inicialmente en El Sol de Bolivia https://issuu.com/el-sol

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