Javier Gómez Graterol: Y el elefante sigue ahí...

 

En la mayoría de los hogares existe siempre un elefante (problema personal) que un día llegó, invadió el hogar y se quedó ahí, en medio de la casa. Al principio, la mayoría de los miembros hizo tímidos intentos por sacarlo: le ofrecieron maní para que se fuera, pero el elefante hizo nada para moverse. Intentaron resolverlo a palos, pero el elefante, de piel gruesa, era casi inmune a las palizas y se quedó. Intentaron empujarlo, pero cada miembro de la familia empujó en una dirección diferente y no lograron sacarlo.

Así que, esa primera semana, en la que todos estaban perturbados por la presencia del elefante en el hogar, uno de los miembros notó que el elefante siempre se acostaba de la misma manera y dejaba un espacio entre él y la pared en el que este miembro podía pasar. Así que empezó a pasar por ahí, y dejó de preocuparse por el elefante. Los demás miembros vieron la conducta del otro, y empezaron a hacer lo mismo. De pronto la familia se dio cuenta de que podían “funcionar” adecuándose a ese espacio, aunque conllevaba encoger duramente la barriga para poder pasar, pero pasaban, y este encogimiento se hizo rutina.

Todos empezaron a actuar como si el elefante no estuviese ahí. Lo ignoraron. Y la vida empezó a parecerle a todos normal. Era normal tener un elefante en la sala de la casa, que les quita espacio. Pasó algo más curioso aún: El elefante, cuando amanecía de mal humor y hacía su caca, o por pura diversión le daba trompadas a alguno de la casa, se hacían reuniones para comprar ungüento para el dolor, y turnos para limpiar la caca. Pero la presencia del elefante se hizo tan normal, que incluso hacía falta y hubo quien hizo chistes porque estaba ahí. 

Si alguien de fuera del hogar llegaba y preguntaba ¿qué hace un elefante ahí? Nadie decía nada, todos reaccionaban nerviosos y cambiaban la conversación. La vida transcurría y el elefante es feliz, así que los demás eran “felices”. Un día llegó un ratoncito, pequeño, y espantó de miedo al elefante. Todos en la casa se asombraron de que hubiese sido tan fácil sacarlo y nadie lo hubiese pensado antes, y lo más cruel es que a algunos miembros de la casa ¡les empezó a hacer falta el elefante! 

La gracia de Cristo opera así: es aparentemente pequeña, pero nos da la fuerza y sabiduría de resolver problemas aparentemente grandes. Lamentablemente nadie la pide, y todos prefieren seguir encogiendo la barriga, pues, hacerlo es hasta gracioso y les luce bien tener un elefante.

Autor:

Javier Gómez Graterol, sacerdote/periodista http://cutt.ly/javiergomez Ig y X = @jegogra

Escrito el 20/5/2016. Publicado inicialmente en El Día de Bolivia http://eldia.com.bo

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