Javier Gómez Graterol: Amar como me amó Quimbo
Este mes se cumple un aniversario más de la muerte de Quimbo (https://goo.gl/AOR0lw), el perro Rottweiler de nuestra comunidad en Caracas. Cuando lo conocí era ya un sesentón fornido (considerando que un año del humano son siete del perro) que llamaba mucho la atención por ser tan imponente, su inteligencia y su cambio de personalidad, en cuanto a que en la calle no se metía con nadie, pero en casa era todo territorial y huraño con los desconocidos.
Como yo era quien lo sacaba a pasear, establecimos un vínculo especial. Yo me convertí en uno de sus favoritos a quien esperaba con gran alegría. Una de las anécdotas que más recuerdo es que un día se me olvidó ponerle agua, así que desde las seis de la tarde a las seis de la mañana, cuando fui a saludarlo y me percaté de mi olvido, el perro me recibió con gran alegría, a pesar de su notoria sed. Le puse agua, y él prefirió seguir saludándome a beberla, cuando yo en su lugar mínimo me habría dado un mordisco, pero él no, ¡él era feliz por verme! Su amor por mí se impuso a su natural instinto animal. Yo recordaba que cuando niño, una vez esperé con mal humor a mi papá porque no había llegado del trabajo, se había agotado el agua de botellón y todos teníamos sed, así que yo quería que llegase solo para que fuese a comprar agua.
También recuerdo que una vez forcejeaba con un hermano de comunidad en son de broma, mientras él nos veía desde la cerca, cuando mi cohermano alzó una mano como quien iba a darme un puñetazo, él emitió un ladrido de advertencia que nos interrumpió. Su ladrido fue una especie de ¡ey, déjalo! Monosilábico, un ¡woof! contundente y seco que nos dejó impresionados por su lealtad para conmigo.
Los años le pegaron duro, no fueron buenos con él: en su último año de vida amanecía con las patas traseras entumecidas, el frío de la noche le pegaba, así que cuando salía a saludarlo tardaba en levantarse, y tenía que caminar un paso a la vez, pero a pesar de su dolor, jamás dejó de saludarme con alegría.
Nuestros últimos paseos requirieron cierta paciencia de mi parte, yo debía comprender que ya no era él mismo, a pesar de que siempre trató de hacer empeño por no quedarse atrás. Una vez vinieron unos perros callejeros a ladrarnos, y sentí cómo tensó la cuerda y se adelantó rápidamente para ponerse delante de mí como quien quiere protegerme, literalmente sacó fuerzas de donde no tenía. Cuando veo sus fotos y recuerdo la nobleza que tuvo para conmigo, pido a Dios que me enseñe a amar a mis hermanos como él me amó a mí: sobreponiendo mis deseos de servirles a cada uno de mis instintos egoístas.








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