Javier Gómez Graterol: La muerte vendrá...
El pasado miércoles me tocó presidir unas exequias. Me dijeron que el difunto murió de infarto fulminante, es decir, muerte repentina. Morir así hace pensar en muchas cosas: si se le pudiese preguntar al fallecido qué habría hecho si supiese que moriría ese día, probablemente habría pasado más de una hora enumerando cosas que, no solo hubiesen cambiado tal vez su escala de prioridades del día, sino de su vida entera.
Es triste que sean cosas como las muertes repentinas, las que nos tengan que sacudir para que pensemos qué es realmente importante. Siempre suelo hacer dos reflexiones irónicas cuando hablo sobre este tema en público:
1. Que la única persona que conozco que tiene planificado cuándo se va a morir soy yo: tengo planeado morir a los 98 años, un 31 de diciembre a las 11:00 p.m., como la mejor despedida de todas (en especial porque tendrán que cargar con mi cadáver a esa hora y en esa fecha). Un amigo me dijo: “por ser tú, es posible”.
2. Que en los funerales todo el mundo es bueno, pero sería triste que, días después de la conmoción inicial preguntasen “mira y qué pasó con fulano luego de que se murió”, y alguien responda, “no sé, nosotros lo reemplazamos por un bonsái de plástico, y no pasó nada”.
Nuestra sociedad actual, consumista y materialista, nos inculca a vivir en un presentismo absurdo, sin pensar en la muerte, tema al que se le suele temer y evitar en las conversaciones, como si evitando hablarlo se alejase. Nadie tiene garantizado el mañana, ni un almacén de tiempo.
Lo cierto es que muchas personas, en vez de noción de sentido de la vida, tienen una rutina y seguridades a las que se apegan, mas no una opción fundamental de guía, ni se han preguntado cuál es el sentido verdadero de ella. Tienen metas, tal vez basadas en logros personales y búsqueda de reconocimiento, pero cuando se les pregunta el por qué y el para qué, no tienen respuesta concreta. De fondo hay tal vez bajas autoestimas buscando reconocimiento, sentirse mejor, y aún más triste: una sensación de insatisfacción porque no les llegó la felicidad prometida cuando alcanzaron metas previas.
Se vive pensando en futuro: cuando obtenga o logre tal cosa, seré feliz. ¿Y el ahora? Si no concienciamos cuál es el sentido verdadero de nuestra vida, habrá un bonsái esperando por nosotros para ser puesto sobre nuestra lápida. Para indicar el sentido, propósito y/o misión de la vida, Jesús dio esta guía: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, es decir, el cómo, el por qué y el para qué, de la existencia. Solo hace falta que nos animemos a conocer a Cristo y, a la luz de este conocimiento, nuestra vida será más feliz y plena.
Autor:
Javier Gómez Graterol, sacerdote/periodista http://cutt.ly/javiergomez Ig y X = @jegogra
Escrito el 11/4/2019. Publicado inicialmente en El Día de Bolivia http://eldia.com.bo

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