Damas y caballeros, sucedió lo que había predicho la semana pasada: vendrían ataques a la Iglesia, como consecuencia del rechazo en el parlamento argentino de la ley sobre el aborto. No hay que ser psíquico, ni tener más de dos dedos de frente para saber que tal cosa iba a pasar.

Lo primero, fue ver la circulación de fotos en las redes sociales de las fachadas de iglesias pintarrajeadas por furibundas activistas, y los comentarios ácidos en esas mismas redes sobre cuán estúpida fue la decisión, y demás habladurías. Lo segundo, en la prensa: comenzaron diciendo, (como ya lo comenté en mi columna pasada), que fue la cámara del senado la que rechazó el proyecto, y dando a entender que es un reclamo de la ciudadanía. Seguidamente, surgió en varios medios la noticia de que había ahora un “multitudinario movimiento” de personas que se dedicaron a recolectar y firmar documentos para separarse (apostatar) de la Iglesia Católica, porque sienten que esta ya no les representa, es arcaica, y estancada en el pasado.

Continúa a todo esto el escándalo más reciente: la noticia de que el Vaticano encubrió abusos de ¡300 sacerdotes! En Pensilvania. Cuando se lee bien la noticia, esta dice que “se están documentando las acusaciones”, de abusos cometidos por tales jerarcas de la Iglesia “contra más de mil menores en distintas diócesis del estado de Pensilvania” (!), y que tales cuestiones han sido entregadas a un juez para su consideración, es decir, solo declaraciones, no pruebas, no juicios, no nombres específicos, solo eso: cifras escandalosas y descripciones morbosas de cómo, los supuestos y anónimos declarantes, dicen que los sacerdotes implicados abusaron de ellos usando hasta los mismos símbolos religiosos. ¿Acaso la gente de esa localidad fue tan estúpida como para no darse cuenta de que en sus narices ocurría un abuso así de grande?

Surgieron varios “análisis” sobre por qué falló que se aprobase esa ley, insinuando que fue porque, -me permito expresarlo de de la forma más prosaica-, el Papa “metió su cuchara” en el asunto, y que su presión causó que se emitiesen juicios morales y de conciencia, pero, según ellos, no científicos.

Surge ahora la protesta por la muerte de “Liz” una joven de 24 años que, luego de no haberse aprobado la ley sobre el aborto, intentó hacerse uno clandestino y murió. No mencionan, claro está, las que mueren en los abortorios “legales”, ni el hecho de que, por esas muertes, quienes van a esas clínicas firman cláusulas de exención de responsabilidades al personal que allí labora. ¿Qué podemos concluir de todo esto? Lo más simple: No se puede, ni se debe, bajar la guardia. Dios nos ayude a no hacerlo.

          Autor:

Javier Gómez Graterol, sacerdote/periodista http://cutt.ly/javiergomez Ig y X = @jegogra

Escrito el 16/8/2018. Publicado inicialmente en El Día de Bolivia http://eldia.com.bo

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