Javier Gómez Graterol, Providencia divina, parte 5
La providencia divina es una verdad conocible naturalmente por la razón. El hombre es capaz de darse cuenta de que una fuerza divina, providencial, ha actuado. Análogamente a lo que sucede con la existencia de Dios, aún así, dada la condición del hombre y las limitaciones de su entendimiento es difícil que, sin ayuda de la Revelación consiga conocerla con certeza y sin mezcla de errores.
Al igual que la Trinidad, no hay en la Biblia un vocablo específico para designarr esta realidad percibida de la providencia: se la describe con expresiones diversas como “cuidado paternal de Dios”, “planes de Dios”, “designio de salvación”, “conservación”, “amor”, “alianza”, “elección”, etc., (N. T.: Hechos 24,2; Rom 13,14).
El hecho mismo de haber sido creados por su Amor, A Él se le atribuye, como a primera causa, cuanto de bueno hay o se realiza en la Creación, de Él dependen la lluvia y el rocío del cielo, que han de fecundar los campos (Gen 27-28; Ps 65,10-14; Job 38,25-30; Jer 5,24).
La Biblia nos afirma que Dios cuidó de su pueblo, sacándolo de Egipto, para asentarlo en la tierra de promisión (Ex 3,7-10; los 24; Ps 78; 105; Neh 9; Jdt 5). Él aparece como guía y pastor de su pueblo (Gen 49,24; Ex 15,13; Dt 4,27; Os 4,16; Is 40,11; Ier 31,10; Mich 2,12; Ps 48,14 77,21).
Aún así, su providencia se muestra como universal, es decir, no se limita al pueblo de Israel, sino que, se extiende a todos los hombres y a todos los acontecimientos, a todos los caminos y los designios del corazón humano, para hacer efectiva la salvación (Gen 20,26; Ex 2; Jdt 9,5 ss.).
Dios se revela como quien fija el tiempo de cada acontecimiento (Is 60,22); de la desgracia (Am 5,13; Mich 2,3; Is 32,2; Ez 35,5), de la venganza (Jer 51,6), del castigo y juicio de las naciones (Ex 30,3; Is 13,6). No hay mal que su Amor misericordioso haga que sea Él quien disponga o permita (Am 3,6; Is 45,7), o como castigo del pecado, o como prueba para los escogidos, o como expiación de faltas ajenas, o como prenda de felicidad futura (cfr. Dt 8,2; lob 1-2; Sab 3,1-3.6; 5,15-16; Is 53,4-10; Ps 16,11; 49,16; Dan 12,2-3; 2 Mac 7,9.11.14.23), manifestando así que su providencia tiene el fin escatológico de santificarnos.
Jesús mismo nos afirma, en el Nuevo Testamento: Dios tiene cuidado de ellos, más que de las flores, de los lirios del campo y de las aves del cielo (Mt 6,19 ss.; 7,12 ss.; cfr. Mt 10,24-33; Lev 12,2-9). Y San Pablo nos afirma «para los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan al bien», porque todas las cosas están ordenadas, rígidas y gobernadas por quien eligió y predestinó a los justos (Rom 8,28-29), la cual termina siendo la afirmación de uno de los misterios más grandes sobre la forma de proceder de Dios.

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